Este sería un viaje largo y no iban a sobrevivir. Algunas llevaban más de diez años conmigo y habían aguantado los trajines y movimientos de otras cuatro mudanzas. Otras plantas eran nuevas, me gusta traer vida a casa o hacerla crecer.
Más de dos días de viaje encerradas en un camión era una muerte segura, así que le pregunté a una querida pareja de amigos si las adoptaban.
Las llevamos, nos habían hecho una comida de despedida. Charlamos, fumamos, reímos y ahí se quedaron las plantas, salpicando de verde la sala y la terraza mientras Virgilio, un gato exuberante y reservado, les daba la bienvenida con un olisqueo gentil.
Estamos en el sureste, de alguna manera empezando de nuevo y echando de menos a lo amigos. Tenemos aire limpio y atardeceres espectaculares.
Dos meses después, Thalía me manda esta foto radiante y me dice: “Acá no es el paraíso y los atardeceres son menos dramáticos, pero las violetas florecen felices con su resolanita urbana”. Me calentó el corazón.